miércoles, 18 de octubre de 2017

Alejandro Isturiz Chiesa - Pedro Garcia

Alejandro Isturiz Chiesa había organizado su investigación en la lógica más pura y científica. Había asignado las actividades a un pequeño equipo, compuesto por su asistenta Carmen Cruz, un joven aprendiz-detective llamado Marco Vila, y por él mismo. A y Marco les correspondían las investigaciones clásicas en torno a los elementos recogidos por los diferentes investigadores durante la primera investigación. Alejandro Isturiz Chiesa pensaba que esta ineludible recopilación no llevaría a nuevos elementos sino que permitiría mirar con ojos nuevos análisis antiguos, lo que permitía algunas veces encontrar cosas raras. Hubó tantos interventores durante la primera encuesta, que indicios a veces esenciales corrían peligro de encontrarse sepultados bajo toneladas de papeles inútiles. Un investigador digno de este nombre no debía descuidar ningún detalle.

Carmen Cruz era más que una simple asistenta. Esta treintañera habría podido fácilmente trabajar como jefe jurídico en una gran empresa, incluso solicitar la función de abogada, pero había eligido la agencia Corteza porque era más divertido. Graduada de una prestigiosa universidad, especialista del derecho mercantil, Carmen Cruz provenía de una muy gran familia de la burguesía progresista madrileña. Había heredado de su madre una tendencia a sorprender a todo el mundo con sus decisiones. Carmen Cruz había roto así los códigos de su clase social aceptando un puesto para el cual visiblemente fue excesivamente cualificada. Había ido más lejos, ya que vivía desde hace varios años en unión libre con una joven profesora, su relación que se exhibía en Technicolor en cuanto estaban juntos.

Marco Vila representaba al futuro gran detective privado, pero todavía no lo sospechaba. Aristócrata de provincia, había empezado estudios de medicina para complacer a Papá.

Luego, se había orientado hacia estudios de farmacia para no decepcionar a Mamá y finalmente había acabado con un mastere en biología para no parecer demasiado tonto ante sus numerosos hermanos y hermanas. El joven hombre cultivaba desde la infancia una pasión secreta por las investigaciones policiales. Admiraba mucho más a Hércules Poirot o Sherlock Holmes que al caballero de Artagnan o al conde de Monte-Cristo. Por eso, en cuanto logró su diploma, se presentó en casa Corteza para conseguir un período de prácticas largo y no remunerado. Alejandro Isturiz Chiesa lo había adoptado en seguida, primero como mascota y manitas, luego como un auténtico potencial.

Carmen y Marco. Marco y Carmen. El dúo ganador para los próximos años.

El detective privado prefirió centrarse en la personalidad del desaparecido. Debía descubrir quién era Pedro Garcia más allá del personaje mediatizado por los sucesos, santificado por su esposa e idealizado por sus empleados. Alejandro Isturiz Chiesa había estudiado durante mucho tiempo la historia personal de este empresario. Había recopilado informaciones interesantes , datos personales, chismes jugosos y recuerdos inciertos. El retrato empezaba a tomar cuerpo, pero él quería confrontar sus deducciones con la intuición de su equipo preferido.

Alejandro Isturiz Chiesa les convocó en su oficina, cerró la sala para crear una atmosféra propicia a las "confidencias" y luego empezó la sesión.

  • Carmen, Marco, querría proporcionarles una descripción fiable de quién fue Pedro Garcia. Ustedes recopilaron datos en torno al expediente que les permiten ahora tener una idea clara de este personaje. Les pido intervenir durante mi presentación tan pronto como nuestras percepciones difieran demasiado. El debate es fundamental en nuestro oficio en cuanto no entremos en una polémica.
  • Adelante jefe, concluyó Marco.
  • Empezó. Pedro Garcia era un brillante jefe de mercado en una prestigiosa agencia de marketing cuando decidió abandonarlo todo. Según mis fuentes, tenía una relación muy seria con una cierta María Morente, su amor de juventud, parece. Ésta lo dejó unas semanas antes de cambiar su orientación profesional. Nadie conoce la razón de esta ruptura, pero todos coinciden describirla como brutal.

Poco a poco, comenzó a sufrir una depresión. Su trabajo se fue deteriorando.Se encerró en sí mismo hasta que un día no se presentó a su oficina, prefiriendo evitar la realidad. Llegamos a la leyenda del encuentro con Carolina Salvo. Se enamoraron uno del otro en un Tren de Alta Velocidad entre Madrid y Barcelona, este mismo famoso día en el que Pedro Garcia desertó.

Después todo fue fulminante. Los dos tortolitos se instalaron en casa de la joven mujer. Luego, Pedro Garcia obtuvo un empleo de vendedor en una galería de arte madrileña, dándole asi a Carolina Salvo el tiempo necesario para acabar con sus estudios de Bellas Artes. Se prometieron y se casaron el año siguiente a su asentamiento. De esta unión nacieron cuatro niños llamados Soledad, Lola, Esteban y Julio. Parece ser un verdadero cuento de hadas en el plano personal. Hubo sospechas sobre un lío entre el marido y una actriz de cine pero han sido enteramente inventadas por una revista de prensa sensacionalista durante la primera investigación. En cuanto a la esfera profesional, Salvo y Pedro Garcia fundaron una empresa de venta de arte moderno a partir de una primera galería comprada por la pareja en el centro de Madrid. Su sociedad prosperó muy rápidamente merced a las calidades de vendedora de la esposa y gracias a los dotes de jefe de marketing del esposo.

En resumen, parecería que era Carolina Salvo la que llevaba los pantalones en su pareja y que Pedro Garcia desempeñaba el papel del buen perro fiel. Esta situación convenía bien a ambos esposos, al ser feliz cada uno en su papel de amo o de esclavo.

Durante toda su presentación, Alejandro Isturiz Chiesa no había sufrido ninguna objeción. No se asombró por eso . La vida de Pedro Garcia se parecía a la de numerosos dirigentes que habían construido su negocio con una mujer rica y voluntaria. En su carrera de detective privado, había codeado a muchas amas como Carolina Salvo. La mayoría del tiempo, conservaban a su marido gracias al dinero, al estatuto social y sobre todo al miedo de perder privilegios tan arduamente obtenidos. Las más manipuladoras de ellas le permitían a su marido mantener líos paralelos pero secretos. Las más estrictas, al igual que Carolina Salvo, limitaban a su esposo en el papel de títere y de padre de familia. En general este último capitulaba muy rápidamente, quedándose en casita.

  • Ahora que ustedes tienen este retrato del personaje ante los ojos, pónganse en el pellejo de Pedro Garcia. Imaginen que desea cambiar su destino. ¿ Qué haría?
  • Se dispararía en la cabeza , contestó Marco Vila. Ya sé que su cuerpo jamás ha sido encontrado, pero la hipótesis del suicidio ha sido muchas veces evocada durante la investigación, especialmente por la policía.
  • Huiría muy lejos, cambiaría de identidad incluso de cara, dice Carmen Cruz. No creo en una salida tan fatal como la del quitarse la vida. Además, ya mostró su tendencia a la huida durante su relación precedente con Marjorie Delahaye y también era su perrito faldero.
  • Continuaremos estudiando la pista de la muerte. Limita nuestras investigaciones en encontrar el cuerpo, confundiéndose así con la tesis criminal cuya salida es similar. Volvamos un instante a la opción de la huida. ¿ Según ustedes, mis dos finos detectives, a quién deberíamos interrogar primero?
  • Marjorie Delahaye ya ha sido interrogada por los policías y los investigadores privados, precisó Marco. Siempre entregó la misma versión, según la cual no mantenía ningún contacto con Pedro Garcia desde su ruptura.
  • No obstante usted evoca su nombre.
  • Mi intuición me dice que tenemos que estudiar esta pista , replicó el joven hombre.
  • Usted es muy silenciosa, Carmen. ¿ Qué le parece a Usted?
  • Pienso en la misma cosa que Marco, respondió la asistenta. No sabría explicar las razones que me llevan a esta pista.
  • Estoy de acuerdo con usted dos. Creo que Pedro Garcia sólo podía mirar hacia la única persona que escapaba al control de su mujer. María Morente lo había dejado por cierto con poca diplomacia pero le había amado. Además ni siquiera tuvo la decencia de asistir a la boda de su ex novio. Hay ciertamente una explicación lógica a esta ausencia. No olvidemos que aquellos dos conocieron el gran amor de juventud lo que forzosamente establece vínculos.

La continuación de las operaciones fue apenas una formalidad. Alejandro Isturiz Chiesa le pidió a Carmen Cruz que encontrara a María Morente y que le consiguiera una cita con ella y eso con total discreción. En cuanto a Marco Vila debería inspeccionar en las papeleras de reciclage informáticas personales y profesionales del desaparecido con el fin de encontrar cualquier rastro de una eventual conexión con María Morente o un tercero que tenga algo que ver con ella. En cuanto a él, seguiría interrogando a los contactos profesionales de Pedro Garcia.

El detective privado pensaba que el desaparecido había organizado su huida, pero que no podía desbloquear medios financieros fuera de su jaula de oro. Su compañía, llamada Salvo y Garcia, pertenecía al noventa por ciento a su esposa gracias a participaciones de su familia. Además, su fortuna personal, estimada en varios millones de dólares, estuvo bloqueada en distintas cuentas bancacarias europeas controladas por su mujer.

Alejandro Isturiz Chiesa había vigilado desde el principio los movimientos registrados en esas cuentas: no había habido ninguno, ni siquiera una pequeña retirada de ejecutivo. Esta verificación había tenido el mérito de asegurar la convicción del detective privado. Desde el primer día de la desaparición de Pedro Garcia, sus cuentas bancarias habían estado bloqueadas inmediatamente por Carolina Salvo. Este acto de control absoluto podía explicarse sólo de una manera: la esposa creía a pies juntillas que su esposo se había escapado. Por eso hacía todo lo que podía para ponérselo difícil a su marido. Esta conclusión cabía perfectamente con la nueva investigación que pidió Carolina Salvo a la casa de Pinkerton y los medios casi ilimitados que abastecían al detective privado. La ama de casa exigía que su perrito faldero volviera a casita.