jueves, 14 de diciembre de 2017

Alejandro Isturiz Chiesa - Carolina Salvo

Alejandro Isturiz Chiesa releía tranquilamente las notas de la última persona a la que siguió los pasos mientras su asistenta Carmen Cruz le llamó sobre la línea interior

  • Alejandro, la señora Carolina Salvo está en los locales. Pide verle. Esta cliente no tiene cita, pero está mandada por la casa matriz europea.
  • Hágala tener paciencia ; cinco minutos. Luego envíemela.

El detective se preguntó qué podía motivar tal visita. Carolina Salvo no era cualquiera. Había hecho las primeras planas de los periódicos nacionales un año antes, cuando su marido desapareció súbitamente sin razón évidente. Pedro Garcia, el esposo desaparecido, y Carolina Salvo dirijían una sociedad cotizada en el mercado bursátil, especializada en la pintura moderna. De edad de una cuarentena de años en la época de los hechos, Pedro Garcia había tomado el camino de su oficina situada en la calle Serrano por la madrugada como solía hacerlo. Desde ese momento, jamás nadie lo vio de nuevo.

La policía criminal española había tomado las riendas del asunto, despachando a sus mejores inspectores en una investigación en la cual ninguna pista había sido descuidada. La pista del rapto había sido privilegiada en primer enfoque pero ninguna demanda de rescate había sido emitida y ningún secuestrador había dado señales de vida. La tesis del suicidio también había sido contemplada pero ningún cuerpo había salido a la superficie, a pesar de todos los medios puestos en ejecución. Después de una docena de meses de investigación minuciosa, el expediente había sido clasificado sin continuación a pesar de las presiones ejercidas por la familia Salvo sobre el Ministro del Interior y la prefectura de policía. También se contaba como Carolina Salvo había contratado una agencia de investigadores privados en paralelo a la investigación oficial. En vano. Pedro Garcia parecía haber desaparecido de la superficie de la Tierra.

Alejandro Isturiz Chiesa estaba sumergido en los recuerdos de este suceso cuando Carmen Cruz llamó a la puerta. Apretó el botón de seguridad luego quitó el cierre de la puerta de su oficina. Carolina Salvo hizo su aparición sin preocuparse más de la asistenta.

  • Usted puede dejarnos, Carmen. Me hago cargo de la señora Salvo.
  • Buenos días señora, a que debo el honor de su presencia en estos lugares?
  •  
  • Usted debe encontrar a mi marido.

El detective privado no esperaba otra demanda. Convidó a Carolina Salvo sentarse y le propuso una bebida, caliente o fría, a su conveniencia. Obtuvo a guisa de respuesta sólo un mohín desdeñoso y una mirada altiva.

La riquísima experta en artes plásticas confirmaba su reputación. Alejandro Isturiz Chiesa lo había oído de todos los colores sobre los caprichos de la familia Salvo y sobre todo de su hija pródiga. Todos los investigadores mezclados de cerca o de lejos al expediente Pedro Garcia habían conocido por lo menos una vez las ansias de la presión ejercida por su jerarquía para obtener una aparencia del resultado. Los medios de comunicación le habían añadido toneladas en su búsqueda permanente de sensacionalismo. Con Carolina Salvo, habían encontrado el producto ideal para vender información fútil y no verificada a millones de lectores. La cuadragenaria orgullosa correspondía perfectamente al perfil tipo que fascinaba a las amas de casa de menos de cincuenta años y excitaba a sus maridos. Una mujer muy bella y rica al éxito innegable, amiga de los grandes artistas de este mundo, que veía su universo lujoso derrumbarse con la desaparición misteriosa de su esposo. Las hipótesis más improbables habían cruzado las tesis más extravagantes: algunos pretendían que había asesinado a su marido, quien la engañaba supuestamente con una actriz célebre, otros afirmaban que su esposo se había ido con un joven hombre a alguna parte entre el Sistema de Aldéraban y la Constelación del Pulpo. Alejandro había dejado de contar las versiones innumerables de la teoría del complot que habían esmaltado las primeras planas de los periódicos.

Decidió dejarla explicar las razones de su demanda mientras el caso fue cerrado por las autoridades y que este misterio corría peligro de quedar no elucidado.

El resto de la reunión se reveló más cordial, a pesar de la distancia que Carolina Salvo quería siempre conservar con la gente del pueblo llano. Necesitaba a Alejandro Isturiz Chiesa, lo que implicaba que seguiría al pie de la letra sus preconizaciones. El detective fijó las reglas de juego entre ambas partes: primero, le trasladaría sólo y no tendría intermediario, luego le daría acceso a todas las informaciones hasta más íntimas, por fin tendría secreta esta reapertura de la investigación. Carolina Salvo aceptó todos los puntos, sin imponer ninguna contrapartida. Le concedió un consecuente adelanto en su salario y se comprometió a abrirle una cuenta para los gastos voluntarios. Alejandro Isturiz Chiesa tenía los medios de trabajar seriamente sin preocuparse de detalles financieros y de la diplomacia.

  • Usted sabrá seguramente que mi marido desapareció hace más de un año. Nadie tiene una onza de pista para este sujeto.
  • Sí, señora Salvo, seguí esta investigación en grandes líneas por vía de prensa esencialmente.
  • Lo que contaron los periodistas no me interesa. Su oficio es ocupar a muchedumbre con chismes en lugar de informarlos. Hubo demasiado ruido popular sobre la desaparición de mi esposo. Es inútil añadirlo. No es esa mi intención.
  • Ya acudió a una agencia privada de investigación antes?
  • Contraté, desde el principio de la investigación oficial, a un equipo de detectives competidores suyos.
  • Cuáles fueron las conclusiones?
  • Las mismas que las de las autoridades ; es decir, un conjunto confuso de hipótesis tan impossibles las unas como las otras, a las cuales no haría aquí la síntesis. Todo tiene que empezar de nuevo. Deseo aportar una mirada nueva, más científica. Es la razón que me hace solicitarle a usted, según el consejo de un amigo que ya trabajó con usted. No hablaré más sobre eso.
  • Deduzco de eso que usted desea que empiece las investigaciones desde cero.
  • Usted comprendió todo. Su precio será el mío. Puedo oír todo salvo esas sempiternas frases recurentes de los incompetentes.
  • En cuanto al precio, va ser elevado. Cuento con contratar otros medios más eficaces que los de la competencia. En cuanto a la transparencia, es mi marca de fábrica y la razón esencial que me hizo irme de la policía nacional española para entrar en la compañía Corteza. Espero sin embargo de su parte la reciprocidad en la materia. No quiero sacar a la luz algún desastre y usted conocería su existencia. La confianza es el motor primero de este tipo de investigación.
  • Estamos en la misma onda.