miércoles, 20 de septiembre de 2017
Alejandro Isturiz Chiesa Detective Privado
  • Alejandro Isturiz Chiesa Detective Privado

Alejandro Isturiz Chiesa Detective Privado

Polar

Alejandro Isturiz Chiesa es un detective privado que trabaja para la célebre e internacional empresa Corteza. En este fin de siglo veintiúno, mientras el ser humano viaja por el espacio y colonize el mundo extrasolare, el oficio de detective privado resulta siempre rentable cuanto se trata de motivos tan primarios como los celos, el sexo o el afán de lucro: su última investigación confirma este postulado añadándole una dimensión de venganza. Un plato que ciertamente sabe mejor cuando se come frío.

Alejandro Isturiz Chiesa

Alejandro Isturiz Chiesa era detective privado. Trabajaba para la oficina española de la célebre e internacional empresa Corteza, conocida desde el siglo diecinueve en los Estados Unidos de América y más allá. La vocación sólo no le explicaba esta carrera larga de una docena de años. Su trayecto era clásico: nacido en medio del siglo de un padre alto funcionario a carga de los transportes públicos y de madre farmacéutica, hijo único, había atravesado su escolaridad sin alborotar las ondas del agua para acabar con un diploma de licenciatura en física de las partículas. Proveído de un tal equipage ni prestigioso ni insignificante, habría podido orientarse hacia la investigación científica o la ingeniería para bien ganarse el pan, pero lo había decidido de otro modo. Desde su más tierna infancia, alimentaba su espíritu de lecturas y de series televisivas totalmente enfocadas sobre un solo y único género: la investigación policíaca. En buen espíritu lógico, luego se había dirigido sobre esta vía pasando concursos complejos con el fin de incorporarse a la unidad científica de la policía nacional española en el corazón de Madrid.

Alejandro Isturiz Chiesa había tenido éxito en esta carrera. Ascendiendo uno por uno los rangos, había pasado de ayudante de laboratorio anónimo a investigador principal, todo esto en menos de una decena de años. Alejandro Isturiz Chiesa había tenido la posibilidad de trabajar con los mejores: la sección criminal francesa, célebre en su tiempo cuando se situaba en el Muelle de los Orfebres, la policía internacional, en otro tiempo más conocida bajo el nombre de Interpol y la muy controvertida oficina federal de investigación americana, el FBI.

Nadie discutía su competencia, sin embargo, no estaba en el candelero. De hecho, Alejandro Isturiz Chiesa no llamaba la atención, prefiriendo los resultados a los aspavientos. Se había construido amistades sólidas con policías de todos los colores y de diferentes nacionalidades, muy felices de saber que todavía existían unos investigadores científicos capaces de ir sobre el terreno y detectar el buen indicio sin trazar teoría dudosa.

Alejandro Isturiz Chiesa solía usar de discreción porque le permitía profundizar sus investigaciones, seguir sus intuiciones y rodear el pesado protocolo administrativo con el que se había ataviado el servicio al cual pertenecía. Dejaba a su jerarquía el cuidado de cosechar las victorias de sus descubrimientos y de vestirlos de un poco de sensacionalismo. Cuando se hizó investigador principal, continuó aplicando sus principios, porque no ambicionaba dirigir un equipo de investigación o un laboratorio de análisis. Resolver enigmas con ciencia y sentido común era la sola ocupación que realmente le proporcionaba placer.

Un día, después de una investigación particularmente árdua en la cual había conseguido rodear todos los obstáculos, se le acercaron los reclutadores de Corteza. Éstos le habían vendido el oficio de detective privado con argumentos que no podía refutar: un salario excelente, una marca conocida, medios interplanetarios, poco de administrativo y un verdadero trabajo de terreno en el mundo real, lejos de las probetas y las centrifugadoras.

Alejandro Isturiz Chiesa no había vacilado un minuto. Había aceptado la oferta de la compañía. Sus primeras investigaciones en el seno de la filial española sita en Madrid se habían celebrado bajo la batuta de un supervisor. Previamente, les había seguido un ciclo completo de formación a las técnicas más modernas de investigación, a la psicología criminal y a las técnicas de la información, pasando por la criptología.

Alejandro Isturiz Chiesa disponía de una calidad esencial en este oficio: se llevaba fácilmente la confianza de sus interlocutores gracias a su físico común de honrado ciudadano y su viva inteligencia adornada de una empatía fuerte y natural. La mayoría de los casos que le fueron confiados concernía a asuntos privados. Investigaba sobre maridos presuntos adulterios, mujeres supuestamente infieles, socios a menudo groseros o competidores un poco demasiado curiosos. Contrariamente a su experiencia precedente, no trabajaba en crímenes de sangre o en delitos de envergadura internacional. Para estas situaciones extremas, la agencia Corteza disponía de un equipo especializado compuesto de sabuesos que provienen de las secciones criminales de las policías de estado.

En este fin de siglo veintiúno, mientras el ser humano viaja por el espacio y coloniza mundos extrasolares, el oficio de detective privado resulta siempre rentable cuando se trataba de motivos tan primarios como los celos, el sexo o el afán de lucro. Era la primera razón que había conducido a Alejandro Isturiz Chiesa a un celibato voluntario. Veía bastantes mezquindades durante sus horas de trabajo como para soportar otros una vez llegado a casa. Sus padres y sus amigos habían abandonado la idea de encontrarle el alma gemela, de vivir una existencia simple de burgués madrileño.