Alejandro Isturiz Chiesa Detective Privado

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Alejandro Isturiz Chiesa Detective Privado

Polar

Alejandro Isturiz Chiesa es un detective privado que trabaja para la célebre e internacional empresa Corteza. En este fin de siglo veintiúno, mientras el ser humano viaja por el espacio y colonize el mundo extrasolare, el oficio de detective privado resulta siempre rentable cuanto se trata de motivos tan primarios como los celos, el sexo o el afán de lucro: su última investigación confirma este postulado añadándole una dimensión de venganza. Un plato que ciertamente sabe mejor cuando se come frío.

Alejandro Isturiz Chiesa

Alejandro Isturiz Chiesa era detective privado. Trabajaba para la oficina española de la célebre e internacional empresa Corteza, conocida desde el siglo diecinueve en los Estados Unidos de América y más allá. La vocación sólo no le explicaba esta carrera larga de una docena de años. Su trayecto era clásico: nacido en medio del siglo de un padre alto funcionario a carga de los transportes públicos y de madre farmacéutica, hijo único, había atravesado su escolaridad sin alborotar las ondas del agua para acabar con un diploma de licenciatura en física de las partículas. Proveído de un tal equipage ni prestigioso ni insignificante, habría podido orientarse hacia la investigación científica o la ingeniería para bien ganarse el pan, pero lo había decidido de otro modo. Desde su más tierna infancia, alimentaba su espíritu de lecturas y de series televisivas totalmente enfocadas sobre un solo y único género: la investigación policíaca. En buen espíritu lógico, luego se había dirigido sobre esta vía pasando concursos complejos con el fin de incorporarse a la unidad científica de la policía nacional española en el corazón de Madrid.

Alejandro Isturiz Chiesa había tenido éxito en esta carrera. Ascendiendo uno por uno los rangos, había pasado de ayudante de laboratorio anónimo a investigador principal, todo esto en menos de una decena de años. Alejandro Isturiz Chiesa había tenido la posibilidad de trabajar con los mejores: la sección criminal francesa, célebre en su tiempo cuando se situaba en el Muelle de los Orfebres, la policía internacional, en otro tiempo más conocida bajo el nombre de Interpol y la muy controvertida oficina federal de investigación americana, el FBI.

Nadie discutía su competencia, sin embargo, no estaba en el candelero. De hecho, Alejandro Isturiz Chiesa no llamaba la atención, prefiriendo los resultados a los aspavientos. Se había construido amistades sólidas con policías de todos los colores y de diferentes nacionalidades, muy felices de saber que todavía existían unos investigadores científicos capaces de ir sobre el terreno y detectar el buen indicio sin trazar teoría dudosa.

Alejandro Isturiz Chiesa solía usar de discreción porque le permitía profundizar sus investigaciones, seguir sus intuiciones y rodear el pesado protocolo administrativo con el que se había ataviado el servicio al cual pertenecía. Dejaba a su jerarquía el cuidado de cosechar las victorias de sus descubrimientos y de vestirlos de un poco de sensacionalismo. Cuando se hizó investigador principal, continuó aplicando sus principios, porque no ambicionaba dirigir un equipo de investigación o un laboratorio de análisis. Resolver enigmas con ciencia y sentido común era la sola ocupación que realmente le proporcionaba placer.

Un día, después de una investigación particularmente árdua en la cual había conseguido rodear todos los obstáculos, se le acercaron los reclutadores de Corteza. Éstos le habían vendido el oficio de detective privado con argumentos que no podía refutar: un salario excelente, una marca conocida, medios interplanetarios, poco de administrativo y un verdadero trabajo de terreno en el mundo real, lejos de las probetas y las centrifugadoras.

Alejandro Isturiz Chiesa no había vacilado un minuto. Había aceptado la oferta de la compañía. Sus primeras investigaciones en el seno de la filial española sita en Madrid se habían celebrado bajo la batuta de un supervisor. Previamente, les había seguido un ciclo completo de formación a las técnicas más modernas de investigación, a la psicología criminal y a las técnicas de la información, pasando por la criptología.

Alejandro Isturiz Chiesa disponía de una calidad esencial en este oficio: se llevaba fácilmente la confianza de sus interlocutores gracias a su físico común de honrado ciudadano y su viva inteligencia adornada de una empatía fuerte y natural. La mayoría de los casos que le fueron confiados concernía a asuntos privados. Investigaba sobre maridos presuntos adulterios, mujeres supuestamente infieles, socios a menudo groseros o competidores un poco demasiado curiosos. Contrariamente a su experiencia precedente, no trabajaba en crímenes de sangre o en delitos de envergadura internacional. Para estas situaciones extremas, la agencia Corteza disponía de un equipo especializado compuesto de sabuesos que provienen de las secciones criminales de las policías de estado.

En este fin de siglo veintiúno, mientras el ser humano viaja por el espacio y coloniza mundos extrasolares, el oficio de detective privado resulta siempre rentable cuando se trataba de motivos tan primarios como los celos, el sexo o el afán de lucro. Era la primera razón que había conducido a Alejandro Isturiz Chiesa a un celibato voluntario. Veía bastantes mezquindades durante sus horas de trabajo como para soportar otros una vez llegado a casa. Sus padres y sus amigos habían abandonado la idea de encontrarle el alma gemela, de vivir una existencia simple de burgués madrileño.

Carolina Salvo

Alejandro Isturiz Chiesa releía tranquilamente las notas de la última persona a la que siguió los pasos mientras su asistenta Carmen Cruz le llamó sobre la línea interior

  • Alejandro, la señora Carolina Salvo está en los locales. Pide verle. Esta cliente no tiene cita, pero está mandada por la casa matriz europea.
  • Hágala tener paciencia ; cinco minutos. Luego envíemela.

El detective se preguntó qué podía motivar tal visita. Carolina Salvo no era cualquiera. Había hecho las primeras planas de los periódicos nacionales un año antes, cuando su marido desapareció súbitamente sin razón évidente. Pedro Garcia, el esposo desaparecido, y Carolina Salvo dirijían una sociedad cotizada en el mercado bursátil, especializada en la pintura moderna. De edad de una cuarentena de años en la época de los hechos, Pedro Garcia había tomado el camino de su oficina situada en la calle Serrano por la madrugada como solía hacerlo. Desde ese momento, jamás nadie lo vio de nuevo.

La policía criminal española había tomado las riendas del asunto, despachando a sus mejores inspectores en una investigación en la cual ninguna pista había sido descuidada. La pista del rapto había sido privilegiada en primer enfoque pero ninguna demanda de rescate había sido emitida y ningún secuestrador había dado señales de vida. La tesis del suicidio también había sido contemplada pero ningún cuerpo había salido a la superficie, a pesar de todos los medios puestos en ejecución. Después de una docena de meses de investigación minuciosa, el expediente había sido clasificado sin continuación a pesar de las presiones ejercidas por la familia Salvo sobre el Ministro del Interior y la prefectura de policía. También se contaba como Carolina Salvo había contratado una agencia de investigadores privados en paralelo a la investigación oficial. En vano. Pedro Garcia parecía haber desaparecido de la superficie de la Tierra.

Alejandro Isturiz Chiesa estaba sumergido en los recuerdos de este suceso cuando Carmen Cruz llamó a la puerta. Apretó el botón de seguridad luego quitó el cierre de la puerta de su oficina. Carolina Salvo hizo su aparición sin preocuparse más de la asistenta.

  • Usted puede dejarnos, Carmen. Me hago cargo de la señora Salvo.
  • Buenos días señora, a que debo el honor de su presencia en estos lugares?
  • Usted debe encontrar a mi marido.

El detective privado no esperaba otra demanda. Convidó a Carolina Salvo sentarse y le propuso una bebida, caliente o fría, a su conveniencia. Obtuvo a guisa de respuesta sólo un mohín desdeñoso y una mirada altiva.

La riquísima experta en artes plásticas confirmaba su reputación. Alejandro Isturiz Chiesa lo había oído de todos los colores sobre los caprichos de la familia Salvo y sobre todo de su hija pródiga. Todos los investigadores mezclados de cerca o de lejos al expediente Pedro Garcia habían conocido por lo menos una vez las ansias de la presión ejercida por su jerarquía para obtener una aparencia del resultado. Los medios de comunicación le habían añadido toneladas en su búsqueda permanente de sensacionalismo. Con Carolina Salvo, habían encontrado el producto ideal para vender información fútil y no verificada a millones de lectores. La cuadragenaria orgullosa correspondía perfectamente al perfil tipo que fascinaba a las amas de casa de menos de cincuenta años y excitaba a sus maridos. Una mujer muy bella y rica al éxito innegable, amiga de los grandes artistas de este mundo, que veía su universo lujoso derrumbarse con la desaparición misteriosa de su esposo. Las hipótesis más improbables habían cruzado las tesis más extravagantes: algunos pretendían que había asesinado a su marido, quien la engañaba supuestamente con una actriz célebre, otros afirmaban que su esposo se había ido con un joven hombre a alguna parte entre el Sistema de Aldéraban y la Constelación del Pulpo. Alejandro había dejado de contar las versiones innumerables de la teoría del complot que habían esmaltado las primeras planas de los periódicos.

Decidió dejarla explicar las razones de su demanda mientras el caso fue cerrado por las autoridades y que este misterio corría peligro de quedar no elucidado.

  • Usted sabrá seguramente que mi marido desapareció hace más de un año. Nadie tiene una onza de pista para este sujeto.
  • Sí, señora Salvo, seguí esta investigación en grandes líneas por vía de prensa esencialmente.
  • Lo que contaron los periodistas no me interesa. Su oficio es ocupar a muchedumbre con chismes en lugar de informarlos. Hubo demasiado ruido popular sobre la desaparición de mi esposo. Es inútil añadirlo. No es esa mi intención.
  • Ya acudió a una agencia privada de investigación antes?
  • Contraté, desde el principio de la investigación oficial, a un equipo de detectives competidores suyos.
  • Cuáles fueron las conclusiones?
  • Las mismas que las de las autoridades ; es decir, un conjunto confuso de hipótesis tan impossibles las unas como las otras, a las cuales no haría aquí la síntesis. Todo tiene que empezar de nuevo. Deseo aportar una mirada nueva, más científica. Es la razón que me hace solicitarle a usted, según el consejo de un amigo que ya trabajó con usted. No hablaré más sobre eso.
  • Deduzco de eso que usted desea que empiece las investigaciones desde cero.
  • Usted comprendió todo. Su precio será el mío. Puedo oír todo salvo esas sempiternas frases recurentes de los incompetentes.
  • En cuanto al precio, va ser elevado. Cuento con contratar otros medios más eficaces que los de la competencia. En cuanto a la transparencia, es mi marca de fábrica y la razón esencial que me hizo irme de la policía nacional española para entrar en la compañía Corteza. Espero sin embargo de su parte la reciprocidad en la materia. No quiero sacar a la luz algún desastre y usted conocería su existencia. La confianza es el motor primero de este tipo de investigación.
  • Estamos en la misma onda.
  • El resto de la reunión se reveló más cordial, a pesar de la distancia que Carolina Salvo quería siempre conservar con la gente del pueblo llano. Necesitaba a Alejandro Isturiz Chiesa, lo que implicaba que seguiría al pie de la letra sus preconizaciones. El detective fijó las reglas de juego entre ambas partes: primero, le trasladaría sólo y no tendría intermediario, luego le daría acceso a todas las informaciones hasta más íntimas, por fin tendría secreta esta reapertura de la investigación. Carolina Salvo aceptó todos los puntos, sin imponer ninguna contrapartida. Le concedió un consecuente adelanto en su salario y se comprometió a abrirle una cuenta para los gastos voluntarios. Alejandro Isturiz Chiesa tenía los medios de trabajar seriamente sin preocuparse de detalles financieros y de la diplomacia.

    Pedro Garcia

    Alejandro Isturiz Chiesa había organizado su investigación en la lógica más pura y científica. Había asignado las actividades a un pequeño equipo, compuesto por su asistenta Carmen Cruz, un joven aprendiz-detective llamado Marco Vila, y por él mismo. A y Marco les correspondían las investigaciones clásicas en torno a los elementos recogidos por los diferentes investigadores durante la primera investigación. Alejandro Isturiz Chiesa pensaba que esta ineludible recopilación no llevaría a nuevos elementos sino que permitiría mirar con ojos nuevos análisis antiguos, lo que permitía algunas veces encontrar cosas raras. Hubó tantos interventores durante la primera encuesta, que indicios a veces esenciales corrían peligro de encontrarse sepultados bajo toneladas de papeles inútiles. Un investigador digno de este nombre no debía descuidar ningún detalle.

    Carmen Cruz era más que una simple asistenta. Esta treintañera habría podido fácilmente trabajar como jefe jurídico en una gran empresa, incluso solicitar la función de abogada, pero había eligido la agencia Corteza porque era más divertido. Graduada de una prestigiosa universidad, especialista del derecho mercantil, Carmen Cruz provenía de una muy gran familia de la burguesía progresista madrileña. Había heredado de su madre una tendencia a sorprender a todo el mundo con sus decisiones. Carmen Cruz había roto así los códigos de su clase social aceptando un puesto para el cual visiblemente fue excesivamente cualificada. Había ido más lejos, ya que vivía desde hace varios años en unión libre con una joven profesora, su relación que se exhibía en Technicolor en cuanto estaban juntos.

    Marco Vila representaba al futuro gran detective privado, pero todavía no lo sospechaba. Aristócrata de provincia, había empezado estudios de medicina para complacer a Papá.

    Luego, se había orientado hacia estudios de farmacia para no decepcionar a Mamá y finalmente había acabado con un mastere en biología para no parecer demasiado tonto ante sus numerosos hermanos y hermanas. El joven hombre cultivaba desde la infancia una pasión secreta por las investigaciones policiales. Admiraba mucho más a Hércules Poirot o Sherlock Holmes que al caballero de Artagnan o al conde de Monte-Cristo. Por eso, en cuanto logró su diploma, se presentó en casa Corteza para conseguir un período de prácticas largo y no remunerado. Alejandro Isturiz Chiesa lo había adoptado en seguida, primero como mascota y manitas, luego como un auténtico potencial.

    Carmen y Marco. Marco y Carmen. El dúo ganador para los próximos años.

    El detective privado prefirió centrarse en la personalidad del desaparecido. Debía descubrir quién era Pedro Garcia más allá del personaje mediatizado por los sucesos, santificado por su esposa e idealizado por sus empleados. Alejandro Isturiz Chiesa había estudiado durante mucho tiempo la historia personal de este empresario. Había recopilado informaciones interesantes , datos personales, chismes jugosos y recuerdos inciertos. El retrato empezaba a tomar cuerpo, pero él quería confrontar sus deducciones con la intuición de su equipo preferido.

    Alejandro Isturiz Chiesa les convocó en su oficina, cerró la sala para crear una atmosféra propicia a las "confidencias" y luego empezó la sesión.

    • Carmen, Marco, querría proporcionarles una descripción fiable de quién fue Pedro Garcia. Ustedes recopilaron datos en torno al expediente que les permiten ahora tener una idea clara de este personaje. Les pido intervenir durante mi presentación tan pronto como nuestras percepciones difieran demasiado. El debate es fundamental en nuestro oficio en cuanto no entremos en una polémica.
    • Adelante jefe, concluyó Marco.
    • Empezó. Pedro Garcia era un brillante jefe de mercado en una prestigiosa agencia de marketing cuando decidió abandonarlo todo. Según mis fuentes, tenía una relación muy seria con una cierta María Morente, su amor de juventud, parece. Ésta lo dejó unas semanas antes de cambiar su orientación profesional. Nadie conoce la razón de esta ruptura, pero todos coinciden describirla como brutal.

    Poco a poco, comenzó a sufrir una depresión. Su trabajo se fue deteriorando.Se encerró en sí mismo hasta que un día no se presentó a su oficina, prefiriendo evitar la realidad. Llegamos a la leyenda del encuentro con Carolina Salvo. Se enamoraron uno del otro en un Tren de Alta Velocidad entre Madrid y Barcelona, este mismo famoso día en el que Pedro Garcia desertó.

    Después todo fue fulminante. Los dos tortolitos se instalaron en casa de la joven mujer. Luego, Pedro Garcia obtuvo un empleo de vendedor en una galería de arte madrileña, dándole asi a Carolina Salvo el tiempo necesario para acabar con sus estudios de Bellas Artes. Se prometieron y se casaron el año siguiente a su asentamiento. De esta unión nacieron cuatro niños llamados Soledad, Lola, Esteban y Julio. Parece ser un verdadero cuento de hadas en el plano personal. Hubo sospechas sobre un lío entre el marido y una actriz de cine pero han sido enteramente inventadas por una revista de prensa sensacionalista durante la primera investigación. En cuanto a la esfera profesional, Salvo y Pedro Garcia fundaron una empresa de venta de arte moderno a partir de una primera galería comprada por la pareja en el centro de Madrid. Su sociedad prosperó muy rápidamente merced a las calidades de vendedora de la esposa y gracias a los dotes de jefe de marketing del esposo.

    En resumen, parecería que era Carolina Salvo la que llevaba los pantalones en su pareja y que Pedro Garcia desempeñaba el papel del buen perro fiel. Esta situación convenía bien a ambos esposos, al ser feliz cada uno en su papel de amo o de esclavo.

    Durante toda su presentación, Alejandro Isturiz Chiesa no había sufrido ninguna objeción. No se asombró por eso . La vida de Pedro Garcia se parecía a la de numerosos dirigentes que habían construido su negocio con una mujer rica y voluntaria. En su carrera de detective privado, había codeado a muchas amas como Carolina Salvo. La mayoría del tiempo, conservaban a su marido gracias al dinero, al estatuto social y sobre todo al miedo de perder privilegios tan arduamente obtenidos. Las más manipuladoras de ellas le permitían a su marido mantener líos paralelos pero secretos. Las más estrictas, al igual que Carolina Salvo, limitaban a su esposo en el papel de títere y de padre de familia. En general este último capitulaba muy rápidamente, quedándose en casita.

    • Ahora que ustedes tienen este retrato del personaje ante los ojos, pónganse en el pellejo de Pedro Garcia. Imaginen que desea cambiar su destino. ¿ Qué haría?
    • Se dispararía en la cabeza , contestó Marco Vila. Ya sé que su cuerpo jamás ha sido encontrado, pero la hipótesis del suicidio ha sido muchas veces evocada durante la investigación, especialmente por la policía.
    • Huiría muy lejos, cambiaría de identidad incluso de cara, dice Carmen Cruz. No creo en una salida tan fatal como la del quitarse la vida. Además, ya mostró su tendencia a la huida durante su relación precedente con Marjorie Delahaye y también era su perrito faldero.
    • Continuaremos estudiando la pista de la muerte. Limita nuestras investigaciones en encontrar el cuerpo, confundiéndose así con la tesis criminal cuya salida es similar. Volvamos un instante a la opción de la huida. ¿ Según ustedes, mis dos finos detectives, a quién deberíamos interrogar primero?
    • Marjorie Delahaye ya ha sido interrogada por los policías y los investigadores privados, precisó Marco. Siempre entregó la misma versión, según la cual no mantenía ningún contacto con Pedro Garcia desde su ruptura.
    • No obstante usted evoca su nombre.
    • Mi intuición me dice que tenemos que estudiar esta pista , replicó el joven hombre.
    • Usted es muy silenciosa, Carmen. ¿ Qué le parece a Usted?
    • Pienso en la misma cosa que Marco, respondió la asistenta. No sabría explicar las razones que me llevan a esta pista.
    • Estoy de acuerdo con usted dos. Creo que Pedro Garcia sólo podía mirar hacia la única persona que escapaba al control de su mujer. María Morente lo había dejado por cierto con poca diplomacia pero le había amado. Además ni siquiera tuvo la decencia de asistir a la boda de su ex novio. Hay ciertamente una explicación lógica a esta ausencia. No olvidemos que aquellos dos conocieron el gran amor de juventud lo que forzosamente establece vínculos.

    La continuación de las operaciones fue apenas una formalidad. Alejandro Isturiz Chiesa le pidió a Carmen Cruz que encontrara a María Morente y que le consiguiera una cita con ella y eso con total discreción. En cuanto a Marco Vila debería inspeccionar en las papeleras de reciclage informáticas personales y profesionales del desaparecido con el fin de encontrar cualquier rastro de una eventual conexión con María Morente o un tercero que tenga algo que ver con ella. En cuanto a él, seguiría interrogando a los contactos profesionales de Pedro Garcia.

    El detective privado pensaba que el desaparecido había organizado su huida, pero que no podía desbloquear medios financieros fuera de su jaula de oro. Su compañía, llamada Salvo y Garcia, pertenecía al noventa por ciento a su esposa gracias a participaciones de su familia. Además, su fortuna personal, estimada en varios millones de dólares, estuvo bloqueada en distintas cuentas bancacarias europeas controladas por su mujer.

    Alejandro Isturiz Chiesa había vigilado desde el principio los movimientos registrados en esas cuentas: no había habido ninguno, ni siquiera una pequeña retirada de ejecutivo. Esta verificación había tenido el mérito de asegurar la convicción del detective privado. Desde el primer día de la desaparición de Pedro Garcia, sus cuentas bancarias habían estado bloqueadas inmediatamente por Carolina Salvo. Este acto de control absoluto podía explicarse sólo de una manera: la esposa creía a pies juntillas que su esposo se había escapado. Por eso hacía todo lo que podía para ponérselo difícil a su marido. Esta conclusión cabía perfectamente con la nueva investigación que pidió Carolina Salvo a la casa de Pinkerton y los medios casi ilimitados que abastecían al detective privado. La ama de casa exigía que su perrito faldero volviera a casita.

    Marco Vila

    Marco Vila había desplegado un enorme capital de ingenio para acceder a los mensajes enviados o recibidos por Pedro Garcia los doce meses que precedían su desaparición. El aprendiz-detective sabía que en su oficio la eficacia corría de la mano con la discreción y que una fuente no era tan productiva como cuando fue mantenida secreta. Tenía conocimientos muy buenos en informática, pero no hasta el punto de reconstituir archivos destruidos desde hace tanto tiempo por los proveedores de servicios de Internet y de mensajería. Afortunadamente, Marco conocía una buena sociedad en la comunidad de los piratas informáticos de datos digitales de todo tipo. Esta red relacional le permitía desde hace mucho tiempo esquivar algunas leyes o evitar procedimientos administrativos y procedimientos demasiado largos. No demoraron más de tres días para recuperar los mensajes del desaparecido y analizarlos mediante un programa adquirido a escondidas de manera no muy legal.

    Este trabajo de chinos valía la pena. Ahora le incumbía presentar los resultados a su jefe. Marco decidió pedir una cita con Alejandro Isturiz Chiesa en un lugar seguro, fuera de la casa de Corteza.

    • Usted es hombre muy misterioso y joven, ironizó Alejandro Isturiz Chiesa. Mi oficina en la agencia ofrece sin embargo bastantes garantías contra los furiosos.
    • Usted va a comprender rápidemente la razón de mi inquietud, contestó Marco Vila. Voy a contarle la pequeña historia a la que me inspiraron los intercambios entre Pedro Garcia y María Morente. Unos meses antes de su desaparición Pedro Garcia retomó el contacto con María Morente, de modo virtual vía un foro de discusiones. Utilizó una cuenta secreta bajo un apellido ficticio. No sé cómo encontró el rastro digital de su ex novia pero lo que verdaderamente importa es que consiguieron hablarse de nuevo. Lo que es todavía más sintomático reside en el uso que hizó de terminales móviles no registrados. Actuó como si fuera alguien rastreado o perseguido. Esta paranoia aparente fue desgraciadamente justificada. Le explicaré el porqué un poco más tarde. María Morente le explicó por qué no había ido a su boda. Voy a contar la versión abreviada: Carolina Salvo la presionó para deshacerse de ella. Incluso llegó a proponerle dinero, lo que María Morente se apresuró a aceptar.
    • Lo único que veo aquí es a una esposa que está celosa del primer gran amor de su marido, objetó Alejandro Isturiz Chiesa. No hay nada sorprendente. Esta hipótesis es un clásico en nuestro oficio.
    • Soy consciente de eso, replicó el joven aprendiz-detective. En cambio, lo sorprendente es el hecho de que desde entonces Carolina Salvo puso a su rival bajo vigilancia privada. ¡ Adivine cuál es la agencia que se encarga de esta misión!
    • Corteza supongo, reconoció Alejandro Isturiz Chiesa.
    • Exactamente, triunfó Marco Vila. Desde hace años, María Morente no puede dar un paso sin ser rodada, fotografiada, registrada, analizada y diseccionada al igual que un vulgar ratón de laboratorio que sufre un experimento histórico. Y lo mismo sucede con sus actos digitales. ¿ Usted pues no me pregunta cómo se todo esto? Añadió.
    • Cómo sabe todo esto? Respondió a su mentor.
    • Noté un trazador en los mensajes de María Morente. Volví a seguir el rastro desde el principio para aislar la fuente e identificar a quién se escondía detrás de este dispositivo. Entonces, soló quedaba hackear el servidor de nuestro empleador preferido. Mi pirata informático utilizó mis accesos para entrar al sistema infomático de Corteza y contaminarlo con un virus de su propia invención.
    • También supongo que usted recuperó todo el expediente de María Morente en casa de Corteza, dedujo Alejandro Isturiz Chiesa.
    • Fui más lejos, confesó Marco Vila. Incluso copié el suyo.

    Está tarde, Alejandro Isturiz Chiesa descubrió más sobre el funcionamiento de su empresa que durante los años pasados. Corteza lo vigilaba, a petición de Carolina Salvo, mediante una especie de investigación interna, con el fin de trazar sus progresos y controlarlo. Marco Vila remontó hasta el día en que las autoridades más altas de la agencia habían decidido confiarle esta investigación. No sólo había sido elegido por sus competencias de investigador sino porque constituía el primo ideal en un asunto más complejo de lo que podía parecer. Caroline Salvo lo había adormecido dandóle a entender que había sido aconsejado por uno de sus superiores. Representaba el hilo de un ovillo que conducía hacia Pedro Garcia.